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agosto 24 de 2020
Autonomía sanitaria y educación en salud, una oportunidad en medio de la crisis

¿Qué pasaría si nuestro país adoptara verdaderas prácticas de autocuidado y una política industrial para la investigación, el desarrollo y la producción de insumos para la salud?

Por Ana María Vesga, Directora Ejecutiva de la Cámara de la Industria Farmacéutica de la ANDI

El sistema de salud colombiano, como la gran mayoría de los sistemas del mundo, no estaba preparado para hacer frente a esta pandemia y todos, sin excepción, han tenido que desplegar capacidades excepcionales para tener listos de forma acelerada los servicios de salud y hacer frente a un virus que, ya está claro, se contagia rápidamente y lleva a un porcentaje no menor de pacientes a estado crítico, estresando la capacidad hospitalaria existente.

Esta carrera contra el reloj, de la que se aprende todos los días a ensayo y error, y donde ningún país puede declararse victorioso, deja por lo pronto dos lecciones indiscutibles: la necesidad de educar a la población en autocuidado y la dificultad que supone no tener autonomía sanitaria.

Para hablar de lo primero hay que decir que ni los sistemas más avanzados que destinan un mayor porcentaje del PIB al gasto en salud han sido ajenos al impacto del COVID-19. No han sido suficientes ni las camas de hospital, ni los respiradores, ni el personal médico en muchos de estos “sistemas evolucionados”. Esto sin hablar de lo que sucede en países de nuestra región, que con mucha menos preparación enfrentan hoy el colapso de sus sistemas. En medio de esta presión, un mensaje ha sido constante, simple y al alcance de todos: el lavado de manos cuantas veces sea posible, una y otra vez.

Esta acción, sumada al efecto evidente del aislamiento, en cualquiera de sus modalidades, ha probado ser la mejor estrategia contra el temido coronavirus. Agua y jabón. En ese escenario es pertinente preguntarnos cuántas enfermedades, de todo tipo, podrían prevenirse si adoptamos mejores hábitos, si implementamos realmente el autocuidado y asumimos con mayor responsabilidad la gestión de nuestra salud.

Es lógico que, durante los próximos meses, mientras todos los países superan el “pico”, los sistemas harán todo lo que esté a su alcance y destinarán cifras nunca antes imaginadas para la dotación de los servicios de salud. Al mismo tiempo, presupuestos millonarios estarán dedicados a la investigación y el desarrollo de una vacuna o una opción terapéutica que logre vencer el virus.

Ojalá en la agenda de quienes definen las políticas públicas en salud también haya espacio para este gran aliado: el autocuidado y la educación en salud. Un estudio realizado por E-Concept para la Cámara Farmacéutica de la ANDI indica que, por la vía del uso adecuado de los servicios de urgencia y la disminución de las incapacidades por enfermedades menores prevenibles, el sistema de salud colombiano podría ahorrar hasta $2,7 billones anuales a 2026. En el mismo sentido, la Cámara actualmente adelanta un estudio para valorar el impacto que tiene el consumo habitual de ciertos ingredientes en la prevención de enfermedades crónicas que le cuestan billones de pesos anualmente al sistema de salud.

Los retos de salud pública son muchos y muy complejos. Volver la mirada sobre una estrategia sostenible, que nace de la educación y formación de buenos hábitos, es una reflexión que todos los sistemas deben motivar.

La segunda lección a la que quiero referirme es a la denominada “autonomía sanitaria”. En términos de desarrollo, el mayor nivel de autonomía de los países es un indicador potente, asociado a la capacidad de respuesta y mayor o menor dependencia de bienes y servicios básicos importados.

De nuevo, el planeta no estaba listo para que 188 países afectados por COVID-19 fueran simultáneamente a requerir los mismos insumos, producidos a gran escala por unos pocos: pruebas diagnósticas, respiradores, tapabocas, medicamentos, equipos de dotación hospitalaria y ropa quirúrgica, por hablar de lo más solicitado.

En ese contexto y cuando se trata de quien tiene mayor capacidad de reacción, la globalización, la solidaridad y el frente común se desvanecen y dan lugar a una reacción natural propia del simple instinto de supervivencia: ¿quién da más? Y como si en subasta estuviéramos, vimos durante semanas cómo los gobiernos con mejor chequera se hicieron a producciones presentes y futuras de millones de insumos requeridos por todos los países del mundo, mientras los mismos países restringían los mercados de exportación para privilegiar, como también es natural, a su población, afectando el acceso de otros países a materias primas y productos requeridos para atender el COVID-19.

Así, en nuestro país y en muchas otras latitudes surgieron oportunidades inimaginadas y se activaron capacidades extraordinarias para producir de manera local alcohol, geles antibacteriales, tapabocas y respiradores artificiales, entre otros. Y lo que en los primeros días de la pandemia era un recurso escaso, desabastecido y objeto de especulación, se convirtió en una opción concreta de nuevos mercados para exportación.

Es común decir que las crisis generan oportunidades, sin duda así es. Acá tenemos dos ejemplos claros. ¿Qué pasaría si nuestro país, tan dependiente de tecnologías en salud, adoptara una verdadera política industrial que motivara la investigación, el desarrollo y la producción de insumos para la salud? No solamente podríamos afrontar estos retos de salud pública de manera más holgada, sino que estaríamos generando miles de empleos calificados, encadenaríamos decenas de proveedores que a su vez llamarían a otros y generaríamos un ambiente propicio para la inversión, capaz de atraer capitales y transferir tecnología.

Esta ha sido gran parte de la agenda desarrollada por las Cámaras de la Salud de la ANDI en estos tiempos de COVID-19, que sin duda enfrenta al país a uno de sus momentos más difíciles, pero que puede convertirse en un motor de crecimiento si caminamos todos en la misma dirección.